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Posts tagged ‘kindness’

Mirando el Bahía de Tokyo

Tokyo-Bay-Japan

Me despidieron. Un hombre, padre de una de las jóvenes gimnastas en el Mann Recreation Center en Philadelphia, donde yo trabajaba como entrenador para un equipo de gimnasia femenino, se estaba quejando de cómo los chicos en Philadelphia no son tan inteligentes como lo eran los de hace 20 años. Yo tenía 22 años en ese entonces. “¿Cómo sabe eso?” le pregunté.

“Mira, he enseñado química en la escuela secundaria durante 20 años. Uso el mismo libro. Trabajo el mismo material… Los exámenes son exactamente iguales a los que usaba hace 20 años”, dijo él. “Interesante. Dígame, ¿se tuvo en cuenta a usted en esa ecuación? Quiero decir, ¿es posible que el hecho de no haber cambiado absolutamente nada signifique que no ha aprendido nada nuevo, sobre química o sobre la enseñanza? ¿Podría significar que está aburrido, no está inspirado, no inspira, y como ya llegó a la conclusión irrebatible de que los chicos no son tan inteligentes como lo eran antes, los trata así?; ¿y los chicos sienten eso y no lo escuchan, no lo respetan, y no hacen nada para usted; porque usted no los respeta y no hace nada para ellos?”.

“¿Qué sabes vos?” dijo él indignado. “Sólo sos un chico.” Sí, yo era un chico arrogante, agrandado, con mucho por aprender. Pero era un buen entrenador. Sin embargo, este hombre estaba en el comité de dirección del centro y donaba mucho dinero al equipo. Entonces me despidieron. Encontré un trabajo una semana después enseñando para Senior Wheels East Late Start, un proyecto que iba a los barrios más pobres de Philadelphia entregando comida a discapacitados y almuerzos a varios centros comunitarios para los pobres y desamparados, y que también ofrecía actividades en grupos y clases; mi clase era Seguridad en Movimiento. Yo era graduado de salud, educación física, recreación y danza en Temple University pero nunca había enseñado a gente mayor. Así que escuchaba sus necesidades, experimentaba, veía qué funcionaba y qué no. Los disfrutaba, aprendía de ellos y probaba. Pero esa es una historia para otro momento.

Cuarenta y dos años después entro a mi clase en Tokyo, todavía enseñando movimiento humano. He estado creando nuevo material y quiero presentar mi trabajo orientado a un nuevo tema. Estoy emocionado por tener esta oportunidad.

Ojaio gozaimasu (buen día), digo haciendo reverencias a todos. Todos, en voz alta y al unísono, me devuelven el saludo. Hay mucha energía en la sala.

“¿Por qué es tan importante la amabilidad? Quiero decir, ¿por qué diría Su Santidad el Dalai Lama que su religión es la amabilidad (kindness)? ¿Por qué, con todas las palabras que hay en el mundo, elegiría la palabra amabilidad? ¿Qué significa esa palabra?”

Las personas se están preguntando por qué estoy hablando sobre la amabilidad. Están aquí para una introducción a la Técnica Alexander. Pero yo tengo la costumbre de tomar el camino largo para llegar a donde voy. “En inglés, la palabra “kind” tiene dos significados, que parecen no estar relacionados. Un significado es “tipo”. Por ejemplo, hay dos tipos principales de destornilladores que usamos en América, uno plano y otro de cruz. ¿Tienen destornilladores planos y de cruz en Japón?” Inclinan las cabezas diciendo que sí, preguntándose por qué es esto importante.

Dibujo los destornilladores en la pizarra. Me encanta garabatear en las pizarras.

“¿Alguna vez les pasó que necesitaban un destornillador pequeño tipo cruz, pero sólo podían encontrar un destornillador grande plano e intentaron utilizarlo igual? Se arriesgan a que pasen tres cosas no tan buenas: uno, quizás dañen el tornillo; dos, quizás dañen el destornillador; ¿y tres?” Todos están pensando. Espero. Al final, una persona dice: “quizás te lastimas a vos mismo.” 

“Bien, okey. Imaginen lo siguiente. Se acercan a un perro que se ve amigable.” Ahora, algunos de los estudiantes están sospechando que posiblemente sufro una leve demencia. “Se paran en frente del perro y bajan la mano para acariciarle la parte de arriba de la cabeza. El perro agacha la cabeza a donde no alcancen con la mano. El no entiende el gesto como amistoso. Por un lado, están mucho, mucho más arriba, básicamente son un gigante por encima del perro. Por otro lado, están parados justo en frente del perro, bloqueando su ruta de escape. Y tercero, sus manos grandes, que ni siquiera son patas, van directo sobre su cabeza.”

“Los caninos son una especie de mamíferos distintos al ser humano. Tienen distintas maneras de saludarse. Si fueses un perro, la manera amistosa de acercarte a otro perro no es ir de frente, sino empezar a rodearlo desde el costado, bajando la cabeza y olfateando delicadamente la cola del otro perro, mientras le ofreces tu cola para que la olfatee. Eso es amistoso y se siente seguro para el perro. Ahora, si intentaras saludar a otro ser humano de esa manera, con ese gesto canino amistoso, probablemente lo malinterpreten, quizás hasta se perciba un poco maleducado.” Esto evoca las primeras risas robustas del grupo. Eso es importante.

“Incluso ahora, con las personas que conozco bien aquí en Japón, si les digo hola y les doy un abrazo amistoso americano, se ponen incomodos. Fingen que les gusta, pero puedo sentir como sus cuerpos se ponen rígidos como piedra. No les gusta. Entonces, casi siempre, solo hago una reverencia.”

“Eso me trae al otro significado de la palabra ‘kind’: ‘amable’. Ser amable también significa ser considerado y respetuoso de algo o de alguien.”

“Entonces, cuando comprendes y tomas en cuenta el tipo de cosa o criatura con la que te estás relacionando, podés tratarlos con la amabilidad y el respeto con la que quieren ser tratados.”

“Si yo quiero tratar a mi tornillo y destornillador respetuosamente, necesito comprender sus diseños y usarlos acorde a éstos. Eso es considerado. Eso es respetuoso. Eso es amable.”

“Si yo quiero ser considerado y respetuoso con un perro, tengo que saber algo sobre los perros. Entonces voy a elegir moverme despacio, agacharme al nivel de sus ojos, bajar la mirada, posicionarme al costado del perro. Voy a esperar a que el perro se mueva un poco hacia mí, y luego llevar mi mano despacito, con la palma hacia abajo para que se parezca más a una pata, hasta debajo de su mentón. Eso es considerado. Eso es respetuoso. Eso es amable.”

“Cuando estoy en Japón, con una cultura particularmente diferente a la de América, si quiero ser considerado y respetuoso, lo mejor es saludar a las personas de una manera que les haga sentirse cómodos. Eso sería amable.”

“Ahora que tenemos los dos significados de la palabra ‘kind’ (tipo y amable) y cómo están relacionados, surge la pregunta: ¿cómo me trato a mí mismo con amabilidad?”

“El trabajo de Alexander se basa en esta pregunta: ¿cómo hago para tratarme a mí mismo con amabilidad? Mi mentora, Marjorie Barstow, una vez nos dijo, ‘un día te despiertas y dices, estoy cansado de maltratarme. Ahí es cuando empiezas a progresar.’ Cuando era un joven actor, Alexander necesitaba comprender como maltrataba su voz. El usaba la palabra ‘uso’ en lugar de ‘trato’, y ‘mal uso’ en lugar de ‘maltrato’. Me gusta la palabra ‘trato’ porque tiene una connotación ética. No se trata solamente de función. Más tarde la investigación de Alexander no trató solamente sobre su voz, sino que trató sobre él mismo como persona. En otras palabras, su trabajo comenzó a ser sobre cómo los seres humanos se maltratan a sí mismos. Y sobre ¿qué tenemos que comprender y dominar para poder tratarnos a nosotros mismos con consideración y respeto?

Después de 20 minutos, por fin he llegado a donde quería ir. He explicado de qué se trata el trabajo de Alexander. Lo he hecho de una manera que es simple y fácil de entender. Lo he hecho de una manera que hizo a los estudiantes pensar en sí mismos, no tanto sobre sus cuerpos, todavía, sólo sobre ellos mismos como personas. Los oigo preguntarse, “¿me maltrato a mí mismo? ¿estoy preparado para dejar de maltratarme?” Los tengo donde los quiero.

“Para aprender cómo tratarnos con respeto, hay cinco aspectos de la vida que valen la pena considerar. Tiempo. Espacio. Contacto. Movimiento. E interacción social. Los escribo en la pizarra. Elijo estos porque siempre estamos viviendo en relación a ellos. De esto se tratará el taller.”

“Vivimos en el tiempo. Tenemos que lidiar con el tiempo del reloj, con llegar a tiempo, con hacer las cosas a tiempo. Hay tiempo psicológico. ¿Sentimos que nos estamos quedando sin tiempo? ¿Sentimos que estamos perdiendo tiempo? ¿Es el momento adecuado de decirle a otra persona cómo me siento?”

“Siempre estamos relacionándonos con el espacio, el espacio alrededor nuestro, el espacio entre nosotros y las cosas. Como en nuestros aparatos electrónicos, hay espacio psicológico dentro nuestro. ¿Nos sentimos atrapados? ¿Acorralados? ¿Contra la pared? ¿Tenemos espacio para pensar, o para respirar?”

“Siempre estamos en contacto. Nos sentamos en una silla frente al escritorio, en el asiento del auto, o en el asiento del tren. Caminamos por la calle, nuestros pies tocan el suelo con cada pisada. Ponemos comida dentro de nuestras bocas. Tocamos nuestras pantallas y teclados. Tocamos objetos todo el día, y nos acostamos sobre nuestras camas o futones todas las noches.”

“Nos movemos constantemente desde el momento que nos conciben hasta el momento en que morimos.”

“Y estemos a solas o no, nunca estamos solos. Como dijo James Hillman, somos nuestras comunidades internalizadas. Memorias de nuestros padres, pensamientos críticos sobre nuestros jefes, preocupaciones por nuestros hijos.”

“Para mí como profesor de Alexander este es el tema que interesa. Si podemos aprender a crear tiempo y espacio para nosotros mismos, si podemos aprender a hacer contacto respetuoso con todo lo que tocamos y nos toca, si podemos aprender a movernos acorde a nuestro diseño, quizás esta tranquilidad, equilibrio y sensibilidad seguirán vivos en nuestras interacciones sociales.”

“Entonces cuando Su Santidad el Dalai Lama dice: mi religión es la amabilidad; yo sospecho que él sabe que esto no es nada fácil. Sospecho que él sabe que ser verdaderamente amable requiere conocimiento, comprensión y practica comprometida, y que esta práctica nunca termina.”

El silencio y la quietud en la sala son palpables.

“Bueno. Vamos a divertirnos. ¡Realmente vamos a divertirnos mucho este fin de semana!”

El fin de semana va sorprendentemente bien. Surge mucho material nuevo. Digo cosas de maneras que nunca dije antes. Escucho ideas que nunca escuché. Uso mis manos de maneras en que nunca las he usado. Enseño movimientos que nunca antes enseñé. Puedo conocer gente que no conocía antes. Aprendí mucho este fin de semana y parece que los alumnos también. Hay cierta liviandad en la sala. Estoy feliz.

Junto mis cosas anticipando la cena, una cerveza y estar con amigos. Está hermoso afuera. El sol se pone sobre la bahía de Tokio. Un pensamiento se cruza en mi cabeza: “Vaya, los alumnos parecen ser más inteligentes cada año. Son más abiertos. Aprenden más rápido. Disfrutan más. A decir verdad, parecen más amistosos, más amables y más respetuosos que nunca.”

La amabilidad es mi religión. Soy devoto de por vida.

Translated by Mari Hodges

Peace Of Mind

Photo: B. Fertman

Photo: B. Fertman

Health insurance in Japan actually does a conscientious job of insuring its people’s health. Being a person who now has health insurance in Japan, I decided to go to doctors and actually find out how I am, something I have avoided doing in the United States as my deductible does not cover the first $5000 of my medical expenditures. Yet still the cost of my health insurance in America is double of what I pay for health insurance in Japan. Last week I had a comprehensive physical unlike any I have ever experienced in America. Discovering that, at 61, I am in exceptionally good health, but also finding out what I should keep my eye on, gave me great peace of mind. Strangely, rather than feel happy I felt even sadder than I had been for all of us in America who pay so much for our health care and receive so little health care. And there are the millions of us who cannot afford health care. It’s not easy having a peaceful mind when in the back of that mind we’re worrying about what happens if we or our loved ones get severely sick or injured.

Having been a gymnast, modern dancer, and martial artist, and having survived a couple of car accidents, my body has had a lot of practice at mending injuries and keeping me all of a piece. I’m grateful. I do have a knee that is not like it used to be, and now one hip that is asking for some help. My father had 4 hip replacements over 35 years, and like the rest of us he only had two hips! But now nothing prevents me from going for an MRI which I will do this afternoon. When I had a cold I went to a cold clinic where there were 50 people waiting to be seen, but in one hour I walked out having been thoroughly diagnosed, cared for, and given a prescription for medicine. I walked 50 yards to the pharmacy and in 2 minutes I had my medicine. In one day I felt better. A week earlier, I went to the dentist, which was also covered by my insurance.

If everyone in America could experience what it feels like to receive good health care I have no doubt that we’d have good, comprehensive health care in America. Most Americans don’t know what they are missing. What overwhelmed me was suddenly realizing that I was being treated with respect, that my dignity was being honored, that I was a person of value.  I felt a little guilty receiving this kind of care when countless others are not. Knowing more about how I am naturally makes me want to actively take care of myself.

So three times a week I go to a gym, which is a 3 minute walk from my apartment. It costs me $60 a month. I have been swimming, stretching, and using weights, which are helping a lot. The gym is sparkling. You could literally eat off the floor. Really. All the equipment seems brand new. Everything works perfectly. There are daily classes, all free, in Pilates, Tai Chi, Spinning, Dance, Yoga, Swimming, and more. The instructors are very good. And I have super high standards when it comes to movement teachers. These teachers are good. A facility like this in America would be reserved for the wealthy. Here it is available to almost everyone.

Bathing is an art in Japan. Into the steam room, then onto a low stool that sits in front of a mirror, a bucket for water near by and a hand held shower nozzle. Perfect water pressure. Nothing is broken. Everyone takes their time and cleans every pore, shaves, brushes their teeth, only turning on the water when they need it. Your body is warm from having been in the steam room so there’s no need to stay under continuous running water. After this almost ritualistic cleaning, you soak in a communal O furo, a hot tub, really hot. When a family baths at home, the O furo is filled and covered as not to lose heat. One by one, each person takes their time getting cleaner than clean then soaks in the tub. The tub is not as long as an American tub, but it’s higher. In America we lie down in a tub. In Japan we sit in a furo. With less surface water exposed to the cool air, the water stays warmer longer. Once out, the furo is covered, ready for the next person.

In general people in Japan use about a fifth of the energy we use. Yoshiko, my wife, thinks our utilities bills are high. Outside I’m looking concerned. Inside I’m smiling. They don’t, or I should say we don’t heat our homes centrally. We only heat where we are at the moment. This might mean sitting on an electrically heated two foot by two foot piece of carpet. Or it may mean working at a small, low desk, a kotatsu, which is designed such that under the table top surface is a large quilted blanket, and under the blanket is a small heater built into the table. You put your legs under the table and cover your lower body with the blanket, perhaps along with three other people, with their legs under the table, while everyone eats dinner together. Warm, cozy, and fun. Who needs to have all that heat floating up to the ceilings, which also are low, inside of rooms that are small.  In Japan we don’t use hot water to clean clothes, nor clothes dryers, nor dishwashers. We use cold water to wash dishes, and we don’t run the water when we soap up the dishes. When I say we I mean 99.9% of Japanese people. It’s taught in school from the get go. Refrigerators are tiny. No huge ovens. No pilot lights for hot water heaters, or stoves. All localized heat. Because of the Fukushima disaster Japanese people decided to use even less energy than they had been using. All but two of their fifty-four nuclear reactors remain shut down, at least for now. A lot of people would like to keep it that way, though given the politics here that is likely not to happen. That is another story. The point is that even in the summer when it is 105 degrees, day in and day out, in super high humidity in steaming cities, no one is using their air conditioners, even old people for whom it is dangerous not to do so. The contrast between Japanese and American culture is enlightening, and challenging.

Then there is simply walking down the street and seeing no overweight people. Maybe one person in every 100 is overweight, and those people are usually under 25 and eating mostly at McDonalds and Kentucky Fried Chicken. The streets are buzzing with people walking in every direction while bicycles weave smoothly and effortlessly in and out. It’s a dance. Who needs a car when you have bikes and trains everywhere? Bikes are cheap. Mine cost $50 and I love my bike. I don’t think I’ve waited more than 7 minutes for a train and that’s after I just missed one. Usually there’s no wait. The trains are quiet and clean. No graffiti. No smell of urine here and there. Yes, sometimes the trains are beyond crowded but people have the courtesy to wear white sanitary masks that cover their mouth and nose if they have a cold. That’s thoughtful. People are taught to be aware of other people, and they are.

The trains and the streets are safe at any hour for anyone, kids included. In 2006 there were a grand total of 2 homicides. There are no guns around here. Little kids walk to school by themselves. If you leave your umbrella next to the ticket counter you can be sure it will have been given to the office. When you go to get it, they person will literally run to get it for you, knowing right where it is.

If you get off the train, let’s say at Osaka Station, and decide to buy some Japanese sweets at a department store, the moment you approach the counter, which has five people in uniform standing side by side, one of them will ask you if they can help you. Once you have bought your sweets they will ask you if you would like them wrapped as a gift. If you say yes you will witness hands that work differently than ours. Quickly and precisely. As you are leaving and ask them where the bathroom might be, they will likely take you there, and then bow and thank you. Can you imagine someone at Walmart or Staples bowing to you and thanking you for buying something at their store?

Ironically, living in Japan I feel how much I love America. I just know we could be better than we are. Living in Japan makes me care more about Americans. About everybody. And I realize how lucky I’ve been to be able to live in two cultures, for real.

For one, I’m not going to wait around for American culture to change. What I can do is adopt what I like about Japanese culture and live my life in a way that feels good and right for me. I can model what I care about.

In America I can practice being more aware of the needs of other people. I can use energy more modestly. I can eat less meat and cheese, more fish and vegetables. I can serve people. Thank people. Apologize when it feels right. I can be on time.

In America I will need to make an extra effort to take care of my own health.

And I will walk down the street unafraid. In a country that has grown so fearful, it will be my practice not to perpetuate fear, but to exude trust, and kindness.